Mundo

Camerún

     He estado un mes en Camerún con mi hijo pequeño…. y llevo ya un rato pensando sobre qué imagen escribir… Al abrir los cientos de fotos que he recogido, están clasificadas en las dos cámaras, y es curioso compararlas, ver cómo hemos recogido instantes y preferencias diferentes. Cada uno ve lo mismo de maneras tan distintas, que a veces parece que no sea el mismo viaje. Con los Escolapios, hemos recorrido aldeas y ciudades, caminos y bosques, hospitales y escuelas, colores y contrates que han hecho de cada día un recuerdo valioso. Bromeaban diciendo que la blanca no quería ver sitios, que quería ver gente…

     Porque los relatos y los encuentros personales son los que desvelan el alma de esa tierra. Los niños, muchos de ellos sobreviviendo solos,  que se cuidan mutuamente y hacen de encontrar agua y comida para cada día toda una misión… y sonríen y te abrazan siempre, y disfrutan con cualquier cosa que se convierte en un juguete que desafía la imaginación. Las mujeres, con los bebes atados a la espalda, y cacharros cargados de comida en la cabeza, que mantienen erguidas y elegantes una dignidad que nos les puede robar tanta discriminación. Y la gente siempre en la calle, llenos los mercados y los umbrales, nadie tiene prisa, y no hay nada más importante que hacer que lo que en cada momento haces. Y poco a poco, como la música del tam tam que se te mete hasta dentro, te cambia el ritmo interior.

     Pero hay imágenes que una no fotografía, por respeto, por pudor, porque la misma experiencia es tan intensa que no hay espacio ni siquiera para recordar el querer recordar. La muerte, el dolor, la precariedad más desnuda, el miedo, la hospitalidad extrema, la fe tan habitual o la lentitud del tiempo se quedan en la memoria, y solo vuelven cuando pasan las semanas y te descubres a ti misma viviendo las mismas cosas de forma diferente. Dicen los que se han enamorado de ella que África te cambia… dicen bien.