Familia

En Suecia se alquilan abuelas

     En Suecia se alquilan abuelas… no porque se hayan muerto las suyas, sino porque la gente joven vive lejos de sus familiares. Echan de menos las comidas caseras dominicales, los paseos en el parque, los mimos, la ayuda y la experiencia de los ancianos que sirven de paño de lágrimas cuando a los padres nos toca ir de duros. Así que una empresa sueca ofrece contactos para que abuelos y nietos ficticios se adopten mutuamente para beneficio mutuo, con la pretensión de recuperar esa vida idílica que todos anhelamos alguna vez. Está bien eso de alquilarse, porque así se pueden devolver cuando están de mal humor, o enfermos o con Alzheimer, o los nietos se vuelven caprichosos, posesivos o les salen granos.

     En los tiempos turbulentos  que corren para la educación, uno de los temas discutidos, es la posibilidad de cambiar la jornada escolar: Que los niños solo tengan clase por la mañana, frente a la jornada tradicional donde vuelven a casa para la comida y la siesta. Padres y maestros, con intereses contrapuestos, se tiran los trastos para defender las dos opciones. Y miran a Europa, como si lo que hicieran los vecinos siempre estuviera mejor.

     La razón fundamental del horario partido es que comemos y cenamos juntos en familia, con dos platos y postre. En medio, descansos para almuerzos, meriendas y tentempiés! No se puede comparar con el norte de Europa donde se embuten medio sándwich, cenan a las 6, las abuelas duermen en asilos y los comercios no cierran a medio día. Es imposible copiar, porque los parámetros son muy diferentes.  El horario partido tiene sentido fundamentalmente cuando los niños vuelven a casa, descansan, se comunican y comen en la mesa con padres, hermanos o abuelos… También influye mucho la concepción diferente de la familia. Pero con el cambio en los patrones laborales, las mujeres dejando nuestros pucheros y las abuelas de crucero en el inserso, esto se está complicando mucho. No es fácil ni hay una única respuesta, pero a ver si por el camino, acabamos copiando lo que no queremos perder.

Carmen Pellicer

Aprendizaje cooperativo

     Se ha celebrado en Madrid el primer encuentro de confederaciones estatales de padres y madres de alumnos, la CEAPA y la CONCAPA, sobre la participación de las familias en las escuelas. He seguido con interés como, por una vez, ambas organizaciones olvidan diferencias y se sientan a la misma mesa para dialogar sobre educación y como pueden contribuir a mejorarla. Las Ampas piden más presencia y poder en los consejos escolares, que se regulen los derechos laborales de los padres para poder asistir a reuniones escolares, poder tomar decisiones de gestión y evaluación de los centros, y dejar de tener una función casi decorativa o de animación cultural en su funcionamiento. Me gustaría haber escuchado también a qué se comprometen….

     España se caracteriza por tener un índice de participación de las familias en las escuelas muy bajo. Pero esto no se resuelve solo repartiendo cuotas de poder sino incrementando las posibilidades y las iniciativas de implicación en los procesos educativos. Podríamos estimular la  presencia activa de los padres en la construcción de un curriculum flexible, que puede ser enriquecido con las experiencias que pueden aportar a las clases; invitarles a compartir objetivos educativos que se trabajen simultáneamente en casa, en las aulas y en los tiempos de ocio; compartir con los tutores la evaluación y seguimiento de todos los aprendizajes que los niños realizan, facilitando el diagnóstico, la observación y la ayuda activa a la mejora; aumentar la presencia positiva dentro de las aulas en iniciativas como el voluntariado activo en proyectos solidarios, planes lectores, o actividades  interdisciplinares.

     Los padres no estamos enfrente de los profesores y alumnos sino junto a ellos. Los derechos deben ir acompañados de responsabilidades y objetivos compartidos. La justa pretensión de participar en la evaluación de las escuelas debe acompañarse de un compromiso activo de autoexigencia para apoyar, valorar y contribuir al esfuerzo de los docentes por lograr que nuestros hijos saquen lo mejor de ellos mismos, no solo en los resultados académicos sino también en su crecimiento personal.

Carmen Pellicer

Comunicación y familia

    Suele coincidir que cuando los hijos quieren contarte muchas cosas, no hay mucho tiempo para escucharlas, y cuando nosotros estamos muy interesados en saber lo que les pasa por la cabeza, no hay manera humana de saberlo. Una de las experiencias más irritantes para los padres cuando los hijos entran en la adolescencia es el silencio sobre las cosas que más les importan.  El hecho de que compartan con más facilidad sus pensamientos más íntimos con sus amigos o incluso con extraños, no es algo fácil con lo que lidiar. Algunos se encierran en un silencio rebelde e incluso en ocasiones agresivo, y otros mantienen un nivel aceptable de comunicación sobre las cosas más triviales, pero se resisten a hablar sobre sus experiencias y sentimientos que viven fuera del hogar. En esta edad, esa resistencia se junta con el miedo que los padres sentimos ante los riesgos que cada vez afrontan con más frecuencia, y nos deja muchas veces sin poder discernir dónde está el equilibrio entre el respeto a su intimidad y nuestra obligación  de seguir manteniendo un sano control sobre sus vidas, para poder ayudarles cuando lo necesiten.   Tememos que su silencio esconda la mentira y que nos mientan para ocultar conductas que saben que son dañinas o inaceptables. Los riesgos del alcohol, prácticas delictivas, bajo rendimiento y problemas escolares… son más reales que nunca, y hace que algunos lleven prácticamente una doble vida. Pero muchas veces puede que  hayan interiorizado las ‘mentiras piadosas’ como una forma de no disgustar a los otros, de ‘arreglar’ un poco las explicaciones que damos a situaciones donde contar la verdad puede suponer algún tipo de conflicto. Los adultos lo hacemos con más frecuencia de lo que pensamos, y ellos lo aprenden, y a medida que crecen, lo usan para no tener problemas con nosotros, pero sin tener conciencia de que estén haciendo nada mal. Vivir la verdad en las relaciones familiares supone una exigencia de asumir las consecuencias de los propios errores y las contradicciones, sin miedo a aceptar humildemente que a veces nos equivocamos, o hacemos daño, y no  somos perfectos. Solo aprendemos a vivir en la verdad cuando perdemos el miedo a sus consecuencias.