Familia

Graduaciones

Estos días he tenido varias graduaciones, dos de mis hijos en la universidad… invitada para discursos en otras, y esta mañana hemos reproducido con togas incluidas, la ceremonia con los alumnos de infantil. Ahora estamos a pocas horas de nuestra fiesta de graduación de los alumnos de sexto de primaria. Son celebraciones curiosas de despedidas y comienzos, que mezclan pena y alegría, éxito por lo alcanzado y una ansiosa inquietud por lo que va a comenzar… Ahora están de moda esta especie de sacramentos seculares que ritualizan los cambios vitales en los centros educativos de todas las edades, y reminiscencias americanas aparte, son una ocasión para mirar agradecidos hacia todo lo que hemos compartido juntos.

Como al hijo pródigo que pide llevarse su parte de la herencia, me pregunto que se llevan en las mochilas imaginarias de sus mentes y corazones. Esperamos que entre las muchas cosas útiles como el cálculo, la gramática, o la historia, haya sitio para las cosas que son verdaderamente importantes: Cómo reconocer el cariño, apoyar al que se siente débil o vencer el orgullo para dejarse ayudar por él… la necesidad del esfuerzo y la constancia para conseguir las cosas que son más preciadas y dónde encontrar la fortaleza para levantarse de nuevo después de fracasar…. Queremos que se lleven la certeza de qué no todas las vidas son iguales y uno puede elegir horizontes elevados… qué hayan aprendido a buscar y hacer el bien… y que apuesten por diseñar su futuro propio, en el que está presente sin condiciones el que es el Señor del tiempo.

Hoy como educadora de niños que terminan oficialmente la infancia… Ayer, como madre orgullosa y emocionada en el otro lado del salón, de unos hijos que estrenan, excitados, una juventud adulta… Termina una parte de sus vidas y también cambia nuestro rol en ellas… Nadie entiende su propia vida como fácil aunque desde fuera así se juzgue… y cuando la afronten solos, echarán mano de lo que haya permanecido después de perder todo lo demás.

Diversidad ante la adversidad

Estamos en Sevilla con ACCAM, la asociación de Centros Católicos de Ayuda al Menor, una organización que agrupa a más del 80% de Centros de Acogida de menores en situaciones complejas, alejados de sus familias de origen. En la mente de todos, cómo la crisis y los recortes amenazan incluso la supervivencia de las instituciones que atienden a los más débiles de la sociedad… Desanimados por una Administración que ha perdido, con tanta corrupción y derroche,  su legitimidad para pedir más sacrificios a los que se dejan la piel en el día a día, mientras por otra parte, los estrangula con mucha burocracia innecesaria, tramitaciones irresponsablemente largas, cambios erráticos de medidas políticas y falta de comunicación y acuerdo entre todos los que están implicados en la protección de los niños y adolescentes. No es fácil mantener el ánimo en medio de una situación difícil.

Cuando uno trabaja y no solo colabora en una institución eclesial, el equilibrio entre la fidelidad a una misión incuestionablemente necesaria y la viabilidad de los proyectos es un desafío importante. La buena voluntad no basta. En este caso, nadie discute su necesidad ante el número creciente de ‘clientes’ para los centros y la vinculación de su tarea a la misión de evangelizar y atender a los más pequeños… Vivir el día a día con entrega y dedicación, llevando el compromiso más allá de lo exigible, manteniendo las puertas abiertas con paciencia y cariño, sin renunciar a vivir y anunciar explícitamente el evangelio que sostiene la fe y la vocación de los titulares, no siempre se comparte entre todos los educadores.

Laicos y religiosos, voluntarios y contratados, comparten diferencialmente los carismas que provocaron las obras que cuidan del ser humano más dañado en el nombre del Amigo de los pobres. La convivencia no siempre es fácil y requiere de un respeto profundo a la identidad y la aportación de unos y otros… Porque en este caso, su testimonio incluye demostrar cómo la diversidad de estados y opciones de vida enriquecen y completan la educación y el cuidado de las casi familias que sus niños tienen la dicha de conocer.

De la relación familia y escuela

La Educación vuelve al ojo del huracán en estos días, y muchos que dejaron la escuela hace mucho tiempo, pontifican sobre cambios que no abordan los problemas, mientras esconden recortes e incompetencia tras huecos discursos. De un relato real de una maestra de primaria:

 

‘Me han caído 29 y no caben las mesas dentro del aula… las mellizas doble ACI se han sentado juntas y tampoco han podido comprar los libros este año… Pepe a su lado sigue sin respirar y aún no he logrado saber si habla…. Dos rumanitas nuevas que no entienden nada me miran fijamente todo el tiempo… Martina dormitea al fondo, ¿habrá desayunado?… Y Lali dice que su mamita estaba una poquito dolida y que no pudo levantarse ‘pa la reunión’ de padres, y que su papa sigue de viaje…
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Aprender y leer

    Cuando era pequeña me encantaba leer…. Devoraba las novelas, las obras de teatro, poesías, revistas y cualquier cosa que cayera en mis manos. Teníamos en casa una colección antigua, publicada en Argentina, de libros clásicos, y también una caja de zapatos de mi abuelo llena de cuentos diminutos de Calleja, que escondía entre las carpetas azules con gomas que llevaba a clase para entretenerme mientras hacíamos aquellas interminables y tediosas fichas que eran la moda pedagógica de mi época escolar.

    Ahora peleamos en las escuelas con planes de lectura, que contrarresten la avalancha mediática de la cultura de la imagen en la que crecen nuestros hijos. Los videos sustituyeron a los cuentos al pie de la cama, y las redes sociales a las postales y las cartas de amor. Va con los tiempos, pero seguimos deseando, con cierta añoranza, que aprendan a leer. Las energías las quemamos todavía en las reglas ortográficas, los análisis sintácticos, y las versiones simplificadas de los clásicos, y calificamos si leen y escriben correctamente, y más todavía, si comprenden lo que leen y se expresan por escrito con rigor. Pero aprender a leer implica también disfrutar de la lectura, perderse en las historias, identificarse con los personajes, reír y llorar con ellos y recrear sus vidas entretejidas con las nuestras en los escenarios de nuestra imaginación. Así, leyendo, también aprendemos a desenredar la complejidad del mundo que nos rodea y a comprendernos a nosotros mismos… Aprendemos a vivir, y cuándo es posible, a ser mejores.

    Es un buen ejemplo de lo que significa aprender. Cada uno de nosotros es especialista en un saber… puede que no sea la lectura, sino la cocina, el cuidado de los animales, los coches, el cine, un deporte… ¡quién sabe!… somos expertos en aquello que nos apasiona lo suficiente para estimular nuestra curiosidad, robar nuestro tiempo y hacernos olvidar la rutina. Los educadores aprendemos a enseñar cuando nos asomamos a la historia de nuestros aprendizajes más queridos, y descubrimos las cosas y las maneras que nos engancharon a nosotros y que pueden convertirse en metáfora viva de los desafíos nuevos que afrontamos y que a veces amenazan con convertirse en insalvables.

Carmen Pellicer