¿Automatizar o informatizar el aprendizaje?

     Cuando era pequeña teníamos en mi casa la habitación del ordenador. Mi padre, director en IBM, trajo muy pronto un enorme armatoste, predecesor del  portátil personal. Funcionaba con unos disquetes grandes que eran un avance a las fichas de cartón, aunque nunca pasamos de utilizarlo como una sofisticada máquina de escribir. Que aquel mastodonte electrónico suplantara mi derecho de hermana mayor a tener mi propio cuarto nunca lo perdoné, y quizás está en el origen de mi pobre y forzosa competencia digital. Mi padre no creía que pudieran comercializarse ni tuvieran un uso en los hogares.. Se equivocó. Si su visión de futuro hubiera sido más certera, quizás hoy seríamos millonarios…

     Es la misma desconfianza que me embarga en los centros donde los cacharros van ganando espacios en las aulas y los presupuestos, los pdfs sustituyen a los textos o los alumnos rellenan los ejercicios y controles por ordenador… Automatizar las aulas no equivale a mejorar el aprendizaje. El uso de la tecnología más avanzada no garantiza  por sí solo la transformación de la cultura de la información en gestión del conocimiento. Es fácil confundir la habilidad manual en el manejo de las máquinas con la capacidad de pensamiento crítico y creativo que debe estimular una institución educativa. El fetichismo hacia determinados recursos contiene en sí mismo la tentación de seguir haciendo lo mismo maquillado de una estética futurista, cuyo poder de seducción para alumnos desmotivados está a punto de perecer.

     Imaginemos que debo pedir a mis alumnos que realicen un trabajo en papel, pero qué papel??… Te planteas preguntas como: ¿de qué gramaje? , ¿será mejor tamaño folio, A3, A4, o tamaño personalizado?, ¿colores variados o blancos? satinado o sin brillo? ¿será más conveniente que sea reciclado? ¿con cuadrícula o rallado?, ¿agujereado, cosido, suelto o en libreta?… ¿Cuánto tiempo dedicas a estas preguntas, sin duda relevantes, pero no  centrales a la hora de plantear que realicen unos ejercicios de tu materia?  Traslademos ese razonamiento al modo en que planteamos muchas veces la inserción de las tecnologías en nuestras aulas, o los criterios con los que seleccionamos los recursos para dotar nuestros centros… Qué modelos, potencia, tamaño y condición, o cuántas pizarras, portátiles, impresoras, cámaras, redes, y… ¿qué porcentaje de tiempo dedicamos en nuestra reflexión sobre las Ticss a su uso en el aprendizaje como auxiliares y no como protagonistas de él?

     Quizás podríamos sustituirlo por preguntas como: ¿Mejora el uso de determinado recurso la calidad del aprendizaje de un alumno?, ¿me permite personalizar el ritmo, la profundización, la expresión, el rigor o cualquier otro aspecto relevante para los objetivos del aprendizaje?, ¿cómo las redes sociales pueden inspirar nuevos canales de comunicación para ampliar las audiencias que estimulen la expresión del aprendizaje de mis alumnos?, ¿manejamos la misma información en diferente soporte, o enriquecemos y ampliamos los ámbitos de la investigación más allá de los territorios conocidos?, ¿contamos con las habilidades técnicas pero sobre todo con la ‘gramática’ virtual necesaria para estimular el pensamiento y construir las narraciones que les permitan consolidar su identidad en los mundos en los que navegan?…

     La tecnología va a revolucionar sin duda,  con mayor o menor sensatez y sentido, nuestras aulas. Se abren un montón de posibilidades para transformar la cultura organizativa del aprendizaje. El acceso a la información sólo es el primer paso. El profesor ya no será el experto que enseña, y el control sobre el conocimiento será compartido, no solo con los mismos alumnos que le superarán en el manejo de muchos recursos, sino también con interlocutores externos con los que tendrá que elegir si compite o colabora… Cambiarán los tiempos, los espacios, los currículos y los recursos…. Pero el cambio que soñamos no ocurrirá por un incremento cuantitativo en la mecanización de los entornos del aprendizaje, sino por el incremento cualitativo de la reflexión y la formación de los docentes que sean capaces de guiar las rutas de los navegantes por mares desconocidos.

(Artículo de Carmen Pellicer publicado en la revista Educadores)