Aprender y leer

    Cuando era pequeña me encantaba leer…. Devoraba las novelas, las obras de teatro, poesías, revistas y cualquier cosa que cayera en mis manos. Teníamos en casa una colección antigua, publicada en Argentina, de libros clásicos, y también una caja de zapatos de mi abuelo llena de cuentos diminutos de Calleja, que escondía entre las carpetas azules con gomas que llevaba a clase para entretenerme mientras hacíamos aquellas interminables y tediosas fichas que eran la moda pedagógica de mi época escolar.

    Ahora peleamos en las escuelas con planes de lectura, que contrarresten la avalancha mediática de la cultura de la imagen en la que crecen nuestros hijos. Los videos sustituyeron a los cuentos al pie de la cama, y las redes sociales a las postales y las cartas de amor. Va con los tiempos, pero seguimos deseando, con cierta añoranza, que aprendan a leer. Las energías las quemamos todavía en las reglas ortográficas, los análisis sintácticos, y las versiones simplificadas de los clásicos, y calificamos si leen y escriben correctamente, y más todavía, si comprenden lo que leen y se expresan por escrito con rigor. Pero aprender a leer implica también disfrutar de la lectura, perderse en las historias, identificarse con los personajes, reír y llorar con ellos y recrear sus vidas entretejidas con las nuestras en los escenarios de nuestra imaginación. Así, leyendo, también aprendemos a desenredar la complejidad del mundo que nos rodea y a comprendernos a nosotros mismos… Aprendemos a vivir, y cuándo es posible, a ser mejores.

    Es un buen ejemplo de lo que significa aprender. Cada uno de nosotros es especialista en un saber… puede que no sea la lectura, sino la cocina, el cuidado de los animales, los coches, el cine, un deporte… ¡quién sabe!… somos expertos en aquello que nos apasiona lo suficiente para estimular nuestra curiosidad, robar nuestro tiempo y hacernos olvidar la rutina. Los educadores aprendemos a enseñar cuando nos asomamos a la historia de nuestros aprendizajes más queridos, y descubrimos las cosas y las maneras que nos engancharon a nosotros y que pueden convertirse en metáfora viva de los desafíos nuevos que afrontamos y que a veces amenazan con convertirse en insalvables.

Carmen Pellicer